Era un niño cuando vi por primera vez la serie Cosmos. A finales de los años ochenta se trasmitía en los canales de televisión pública en Colombia y aunque no recuerdo bien el orden de los programas sí puedo recordar algunos temas que llamaron mucho mi atención. Por ejemplo, aquel capítulo en donde se hablaba acerca del sol y se narraba la evolución de las estrellas, el cómo surgían y cómo era su final. Se hacía un cálculo de la vida de estas estrellas y se nos pedía imaginar cómo sería su final, ese último día en que dejaría de existir y del cómo ese evento impactaría la vida en el planeta tierra. Creo que fue ese programa de ciencia el que trajo por primera vez a mi mente la idea de la muerte, es decir, de la existencia de un final. Me preguntaba que quedaría después de que el sol explotara y dejara de salir por el horizonte.
En aquel tiempo ya había leído también el texto de Alexander Oparin llamado el Origen de la Vida. En este pequeño libro se narraba la evolución de nuestro planeta y los procesos químicos que llevaron al surgimiento de la vida en la Tierra. Saber de la existencia de los dinosaurios, del surgimiento de la vida en los mares, del tiempo transcurrido hasta que surgieron los primeros homínidos fue algo que pasó inadvertido para mí en ese instante, pero con el paso de los años fue influyendo acerca de lo que consideraba era esa relación entre ciencia y religión.
Hace unos meses encontré en una librería El Cerebro de Broca una obra escrita por Carl Sagan, el mismo que presentaba la serie Cosmos. Ya había tenido -como adulto- la oportunidad de ver de nuevo la serie completa gracias a las posibilidades que nos daba el internet, sin embargo, poco conocía de sus libros. Compré el libro y aunque demoré en iniciar su lectura fui avanzando noche a noche en la revisión de los capítulos en donde se abordaban diferentes temas científicos. Si bien se trataba de discusiones elaboradas en los años setenta del siglo pasado existían muchos aspectos que trascendían el tiempo y seguían teniendo plena validez.
El universo amniótico
El último capítulo del libro de Sagan se titula el universo amniótico. Allí se propone abordar desde una perspectiva científica las experiencias de aquellas personas que han estado muy cerca de la muerte y que aluden a situaciones como la de verse a sí mismas para luego ascender al cielo. La hipótesis que plantea Sagan es que todos hemos vivido ya una experiencia previa que se rememora en ese momento de muerte y que correspondería al nacimiento. En sus propias palabras se trata de una “sensación de vuelo; el paso de la oscuridad a la luz; una experiencia en la que, al menos en algunas ocasiones, puede entreverse una figura heroica, bañada en resplandor y gloria” (Sagan, 2019, p. 414-5).
Para analizar esta hipótesis se nos presentan los trabajos de Stanislav Grof quién se dedicó a estudiar lo que se llamarían episodios perinatales, es decir, previos y posteriores al nacimiento. En contraposición a estos tenemos los estudios peritanáticos relacionados con la muerte. Ahora bien, a continuación, describo los cuatro estadios perinatales identificados por Grof:
Da Vinci (1510) Representación del feto en el útero
Estadio 1: el de la complacencia dichosa del niño en el seno, libre de cualquier ansiedad y centro de un pequeño universo oscuro y caliente, un cosmos en una bolsa amniótica. Se dice que en este estadio el feto experimenta algo parecido a un éxtasis oceánico descrito por Freud como una de las fuentes de sensibilidad religiosa. Sería como un edén en donde prácticamente se vive esa sensación de estar fundidos con el universo.
Estadio 2: es cuando se inician las contracciones uterinas. El universo parece pulsar, un mundo benigno convertido de repente en una cámara cósmica de tortura. Se describe al feto estando en una situación en donde su cosmos se ha vuelto contra él proporcionándole una agonía en apariencia sin fin. Sería una experiencia traumática que no se quiere guardar en la memoria pero que puede aparecer en los años por venir y manifestarse bajo conductas destructivas en un mundo impredecible e incierto.
Estadio 3: es el final del nacimiento y se caracteriza porque el feto ya introdujo su cabeza en el cérvix y aunque está con los ojos cerrados percibe un túnel iluminado en su extremo y advierte el radiante esplendor del mundo extrauterino. Se menciona que efectivamente la experiencia para el feto de descubrir la luz habiendo vivido hasta ese momento en la oscuridad debe constituir una experiencia profunda y hasta cierto punto inolvidable. Y ahí es cuando, aún sin el sentido de la visión desarrollado, advierte también una figura parecida a un dios, rodeada de un halo de luz (una comadrona, un médico o el padre) y es así como el bebé vuela desde un universo intrauterino y se eleva hacia las luces y los dioses.
Estadio 4: momento posterior al nacimiento y cuando ya se ha disipado la apnea perinatal, cuando la criatura es fajada y cubierta, acariciada y alimentada.
Carl Sagan llama la atención sobre la importancia que tienen esas experiencias por tratarse de las primeras que se vivencian por los seres humanos. Aunque no se puede generalizar teniendo en cuenta que no todos nacen por partos naturales (muchos nacen por cesárea) sí sirve para plantear hasta donde esta experiencia es la que sirve de referencia cuando se tienen situaciones cercanas a la muerte y más aún de entender el surgimiento de las religiones.
El origen y la naturaleza de la religión
Retomando la propuesta de los cuatro estadios ya descrita se nos ofrece por parte de Sagan una primera idea: la promesa que hacen las religiones de que podemos volver al estadio 1, es decir, la posibilidad de alcanzar la unidad con el universo. El Estadio 2 se asocia con la fascinación occidental por el castigo y la redención y el Estadio 3 se parecería a una experiencia común recuperada en algunas epifanías religiosas, como en esas experiencias cercanas a la muerte.
Sagan recupera de la revisión que se hace de las religiones la existencia de dos tipos de actitudes ante los principios religiosos. Por un lado, están los creyentes, que a menudo son crédulos y que aceptan a pies juntillas una religión recibida aun cuando pueda tener inconsistencias internas o estar en grave contradicción con lo que sabemos con seguridad acerca del mundo externo y de nosotros mismos. Por otro lado, están los escépticos estrictos que consideran que todo este sistema es un fárrago de tonterías propias de débiles mentales. Ahora bien, tienen estos conocimientos místicos algún significado. Si hay muchas religiones estúpidas ¿Por qué tanta gente cree en ellas?
Más allá de aludir a estructuras opresoras se plantea como explicación que las religiones nos ponen en contacto con un conocimiento que es nuestro, algo profundo y melancólico: algo que todos consideramos central para nuestro ser. En palabras de Sagan
“Mi propuesta es que ese miedo común es el nacimiento. La religión es mística en lo fundamental, los dioses son inescrutables, los principios son atrayentes, aunque poco firmes, porque…las percepciones borrosas y las premoniciones vagas son lo más que pueden alcanzar los recién nacidos” (pág. 421-2)
En suma, el núcleo místico de la experiencia religiosa es un intento atrevido y defectuoso de tomar contacto con la experiencia más temprana y profunda de nuestras vidas, así pues, las religiones buscan en sus núcleos resonar con la experiencia perinatal.
Da Vinci (1510) Estudio anatómico de los movimientos del hombro y cuello
Una advertencia que es necesaria en este punto se refiere al hecho de que los planteamientos de Sagan intentan ir más allá de las oposiciones entre fieles creyentes y ateos. Tampoco se trata de reducir la Teología a una cuestión fisiológica. La invitación que hace el autor es a mirar estas interrogantes con mente abierta, valiente e indagadora. Nos exhorta para no volvernos arrogantes frente a las cosmologías populares puesto que incluso si se trata de explicar racionalmente el origen y destino del universo pueden verse analogías con la interpretación de los estadios ya presentada antes. Su conclusión se centraría en relacionar todas esas interpretaciones con nuestros orígenes personales, con esa metáfora amniótica.
¿Puede existir entonces una asociación entre experiencias perinatales personales y modelos cosmológicos particulares? ¿Sería posible entonces que quienes nacen por cesárea hayan concebido una cosmología de Estado Estable? Desde la psiquiatría podría existir entonces una relación entre esas formas posibles de origen y evolución del universo con las experiencias perinatales humanas. ¿Se reduce nuestra creatividad a esa experiencia y por ende está sesgada la manera en que comprendemos el universo al asociarla al nacimiento y la infancia? La última pregunta de Sagan es la más desafiante ¿O acaso las observaciones que vamos realizando nos obligarán gradualmente a acomodarnos y a comprender ese amplio y temible universo en el que flotamos, perdidos y valientes, siempre indagando?
Una reactualización a partir de la neurociencia
El capítulo que estoy describiendo finaliza señalando como conclusión que detrás de la experiencia perinatal se esconde esa situación que todos vivimos y que alude a la separación de nuestras madres. Por muy penosos que puedan parecer son esenciales para la continuidad de la especie humana y plantea que es por ello por lo que existe tanta fascinación con los vuelos espaciales. Estamos en un proceso de crecimiento que tiene como origen un periodo de idilio entre la ciencia y la religión.
Da Vinci (1517) Un dragón fantástico
Ahora bien, una de las cosas que más llamó mi atención fue asociar entonces esa experiencia del túnel y la luz al final de este no como señal de muerte sino de vida. Ha sido por ello que me he animado a escribir esta nota en el blog. Sin embargo, durante estas semanas me topé con un video realizado por la BBC en dónde se nos presentan los resultados de estudios basados en la neurociencia que buscan explicar lo que pasa en el cerebro cuando se está muriendo. En un momento como el actual en donde ya se está abusando de las tesis biologicistas me llamó mucho la atención los resultados a los cuales se llegaban y que tanto podían explicar las hipótesis planteadas unos cincuenta años atrás por Carl Sagan.
Creo que esta explicación se acerca más a una hipótesis que el mismo Sagan referenció en el Universo Amniótico y que se refiere a las alucinaciones. Se trata de asociar esas vivencias a situaciones generadas por el consumo de sustancias anestésicas disociativas. El mismo Grof ya citado antes habría usado ya en los años treinta del siglo pasado sustancias como el LSD con sus pacientes para recordar episodios perinatales.
En el video de la BBC se citan los trabajos de la científica Jimo Borjigin, vinculada a la Universidad de Michigan. La tesis principal es que el cerebro no se apaga de inmediato al morir, sino que entra en un estado de hiperactividad. Según los resultados de varios estudios publicados desde 2013, hechos con ratas en el laboratorio, se podrían verificar que si bien la muerte clínica tiene lugar cuando el corazón deja de latir existe un lapso de tiempo antes de que el cerebro se quede sin oxígeno y, por lo tanto, se puede identificar una alta actividad de neurotransmisores como la serotonina y la dopamina.
En 2023 se publicaron los resultados de una investigación realizada con seres humanos y allí se constató efectivamente una alta actividad cerebral concentrada en ciertas zonas del cerebro (la unión temporoparietal occipital para ser más exactos) que están asociadas con la consciencia, los sueños y las alucinaciones visuales. No obstante, el estudio se realizó con cuatro personas y solo dos de ellas registraron esa alta actividad. Como se puede apreciar esta lectura nos plantea que las experiencias que parecen extracorpóreas tienen lugar entonces en el cerebro.
Estas dos lecturas científicas nos permiten lanzar entonces hipótesis de fenómenos que podrían utilizarse para desacreditar las interpretaciones más religiosas. Sin embargo, creo que la advertencia de Carl Sagan sigue siendo válida ahora que parece explicarse todo desde la neurociencia. Si bien las religiones pueden aparecer como contrarias al discurso racional y al argumento razonado debemos tener en cuenta que, al ser conscientes de la muerte, de nuestra muerte, valoramos la posibilidad de supervivencia, de poder mejorar el mundo, de tener hijos que estarán cuando ya no estemos o, de crear grandes obras para que seamos recordados. Pero también hay la posibilidad de que exista un alma más allá del fallecimiento del cuerpo.
Referencias
BBC News Mundo (2025) Qué pasa en el cerebro cuando estamos muriendo: lo que descubrió una neurocientífica de ese momento. En: https://www.youtube.com/watch?v=Fl2xPTaBJW0
Oparin, A (1977) El origen de la vida. Ediciones Suramérica. Bogotá
Sagan, C. (1974/2019) El cerebro de Broca. Reflexiones sobre el apasionante mundo de la ciencia. Booket Ciencia. Editorial Planeta, España.
Imágenes de Leonardo Da Vinci tomadas de Zollner Frank (2016) Leonardo Da Vinci. Obra pictórica completa y obra gráfica. Taschen,


